Parasha Koraj (Comentarios)

“Y Kóraj tomó…” (16:1)

Mi padre, bli ain ha ra, es una de las personas más generosas que existen. A él le encanta dar. Una vez le mencioné que deseaba comprar una cámara de fotos. Me dijo: “¿Qué cámara quieres? Puedes comprar la que más te guste”. “¿La que más me guste?”, le pregunté. “Sí”, dijo.

En las semanas siguientes analicé cada anuncio de cámaras que pude encontrar, y no me decidía por ninguna. Finalmente, me decidí por una cámara determinada y mi padre enseguida fue y me la compró. Yo estaba fascinado. A veces, hasta la sacaba de la caja solamente para lustrarla y volver a guardarla…

Entonces, un amigo me dijo: “¿Sabes? Tu padre va a obtener mucho más de esa cámara que tú, porque nunca a va a sacar una foto fea”.

El dar es un acto espiritual. Al dar algo, sea lo que fuese, estamos dando una parte de nosotros mismos. El acto de tomar, por el contrario, pertenece al ámbito de lo físico. El acto de tomar se centra en torno al regalo en sí. ¿Es grande o chico? ¿Tiene Dolby®? ¿Tiene Surround-Sound®? Pero el acto de tomar tiene otro lado más, que es mucho más pernicioso que el primero.

Las acciones moldean nuestra personalidad. Las acciones nos transforman en las personas que somos. Y el tomar nos lleva a querer tomar más. Y el deseo de tomar es insaciable.

A diferencia del apetito del cuerpo, que se puede satisfacer, el deseo de tomar es como un animal que exige que se lo alimente en forma constante. En esencia, esto se debe a que la naturaleza del tomar siempre se centra en lo que está fuera de mí, deseando aquello que aún no poseo. El deseo de tomar consiste en agrandar mis fronteras, en agrandarme a mí mismo. Ni bien tomo algo, ese algo pasa a ser parte de mí y, entonces, deja de interesarme. Se transforma en parte del mobiliario, o parte del paisaje. El tomar se centra en acaparar lo que está afuera. Por eso, ni bien incorporo lo que estaba fuera de mí, ya no me interesa más: ya forma parte de mí. Lo que me interesa ahora es lo que sigue estando afuera. Es una monotonía incesante, que no tiene fin.

Al comienzo de la parashá de esta semana, la Torá dice: “Y Kóraj tomó…”. La oración no tiene objeto. La Torá nunca nos dice qué fue lo que tomó Kóraj, porque Kóraj era el tomador por excelencia, adicto a una droga que exige dosis cada vez más grandes: el deseo de acaparar y devorar. Y siendo ésa su naturaleza, era inevitable que tarde o temprano quisiera tomar todo. Porque tomar es algo insaciable.

Rabí Eliahu Dessler

“Y On ben Pelet…” (16:1)

Todo el que conocía a Reb Avigdor sabía que comía lo mínimo para la subsistencia. Su control sobre sus deseos físicos era tal que su dieta consistía de unos cuantos pedazos de pan negro duro con sal y agua en cantidades pequeñas.

Solamente en Shabat se permitía el exceso gastronómico de una sola papa del cholent (jamín).

Un Shabat, Reb Avigdor fue el invitado de honor a la mesa de un acaudalado empresario. Se sirvió el cholent, que fue colocado junto al dueño de casa. En señal de respeto, el empresario lo colocó frente a Reb Avigdor. Reb Avigdor se sirvió su acostumbrada papa, y le volvió a pasar el cholent al empresario. Reb Avigdor se llevó la papa a la boca, y al morderla, se le fruncieron los ojos. De repente, le quitó el cholent al empresario y lo volvió a colocar delante de sí. Y se sirvió una cantidad enorme de cholent en el plato. La cantidad que se sirvió creció tanto, que apenas si se podía avistar a Reb Avigdor detrás de la montaña de cholent.

Entonces, con una expresión de extraño deleite, se comió la olla entera. Los invitados estaban estupefactos. Permanecieron sentados paralizados, como en una fotografía.

Al rato, Reb Avigdor terminó todo el cholent.

“Ah, qué rico. Muchas gracias, muchas gracias”.

Más tarde, cuando estaban solos, la mujer de Reb Avigdor le pidió una explicación de lo ocurrido. El le respondió: “Ni bien probé la papa, me di cuenta de que había algo muy raro en el cholent. La papa tenía gusto a kerosene. Si el empresario hubiese probado el cholent, habría pasado gran vergüenza. Por eso, decidí que, en vez de él, era preferible que el que pasara vergüenza fuera yo”.

Como parte de la investidura de los Leviim, era necesario afeitar todo el cuerpo. Cuando Kóraj regresó a su casa pelado desde la punta de la cabeza hasta la punta de los pies, su mujer lo miró y estalló en carcajadas. Y le dijo, sin más ni más, que lucía ridículo. Kóraj sintió una profunda vergüenza, y se puso a reflexionar acerca de la ceremonia: fue Moshé el que ordenó el afeitado de los leviim. Kóraj se convenció de que Moshé había inventado toda la ceremonia del afeitado solamente para hacerle pasar vergüenza a él. El hecho de que hubiera 21.999 leviim más que también habían sido afeitados, no le importó demasiado. Kóraj estaba seguro de que Moshé estaba dispuesto a hacer lo imposible para hacerle pasar el ridículo y abochornarlo a los ojos del Pueblo Judío. Esa vergüenza fue la gota que colmó el vaso: Kóraj decidió montar una rebelión abierta en contra de Moshé.

Hagamos ahora un contraste entre la conducta de la mujer de Kóraj y la conducta de otra mujer, en la parashá de esta semana: la mujer de On ben Pelet. On ben Pelet era uno de los que habían conspirado contra Moshé. Sin embargo, después del primer versículo de la parashá, su nombre desaparece de la historia. Nuestros Sabios nos enseñan que su mujer era una mujer sabia que lo convenció de no participar de la rebelión. Y no sólo eso, sino que para alejar a los otros conspiradores, pasó vergüenza en forma deliberada al sentarse en la entrada de su tienda con el pelo descubierto, para que los conspiradores no se acercaran a ellos.

Hay personas que hacen lo imposible por evitar el bochorno.

La cuestión es ¿el bochorno de quién están evitando? ¿El de ellos mismos o el de su prójimo?

Oído de Rabí Reuven Lauffer

“Kóraj, hijo de Itzjar hijo de Kehat hijo de Levi…” (16:1)

Construir un rascacielos no es cosa fácil. Los cimientos de una torre deben ser fuertes y exactos. Cada paso de la construcción inicial de un edificio alto debe ser realizado con la más absoluta precisión. Si el edificio está mal alineado en este punto, aunque sea por un par de centímetros, para cuando llegue al piso noventa y ocho esa discrepancia se habrá multiplicado a unos cuantos metros.

En el comienzo de la parashá de esta semana, la Torá rastrea el linaje de Kóraj: “Kóraj, hijo de Itzjar hijo de Kehat hijo de Levi”. ¿Por qué no llega hasta Yaakov? ¿Por qué la Torá se detiene en Levi?

Rashi nos dice que Yaakov rogó para que su nombre no fuera conectado con la insurrección de Kóraj, y que por eso su nombre no aparece mencionado. Pero ¿qué fue lo que logró con eso? ¿Acaso no todos saben quién fue el padre de Levi? El libro de Bereshit está repleto de referencias en tal sentido. No hay que ser un detective genealógico para saber que Kóraj descendía de Yaakov.

Entonces ¿para qué la súplica de Yaakov?

Yaakov rezó para que la falla de la discordia que se manifestó en Kóraj no surgiera de él. Yaakov estaba poniendo los cimientos del edificio en torre que habría de ser el Pueblo Judío. Y rezó para que estuviera libre de toda falla, a fin de que su progenie cumpliera con su tarea designada sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda. Para que se elevaran hasta la cima del rascacielos de la historia.

Rabí C.Z. Senter en nombre de Rabí Yerujam Levovitz
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: