Parasha Bahaalotja (Comentarios)

“Y así hizo Aarón” (8:3)

Uno de los rasgos menos atractivos de la vida urbana de nuestros días es el grafiti.

A veces la motivación es política; otras, anárquica.

En realidad, el abuelo del grafiti moderno son las iniciales grabadas en el tronco de un árbol junto con un corazón atravesado por una flecha: “Tito y Teresa”, y otras por el estilo…

¿Cuál es el motivo que subyace a esta necesidad de grabar el nombre en la piedra, y de pintar las opiniones en medio de la calle?

Al hombre lo aterroriza el pensamiento de su propia transitoriedad. Al grabar su nombre, trata de extender su vida a miles y miles de años. “Aunque yo me muera, seguiré vivo siempre que alguien lea esto”.

El grafiti es un grito de angustia frente a nuestra propia transitoriedad.

Leemos que, cuando Aarón encendía la Menorá, lo hacía sin cambiar nada. ¿Qué tiene esto de especial? Por supuesto que si D-os nos ordena hacer algo, lo haremos sin alterar el orden.

No. Al decir que Aarón no cambió nada, significa que no se movió ni un milímetro del modo en que D-os le ordenó hacer la mitzvá. La cumplió exactamente del modo en que que se le ordenó. Resistió el deseo natural de agregarle su propia impronta a lo que estaba haciendo, de agregar algo de su propia personalidad, de inmortalizarse a sí mismo.

Aarón fue alabado porque quería hacer nada más ni nada menos que la voluntad de D-os.

La voluntad de D-os, que son Sus Mitzvot, no tienen fallas. Cuando el Hombre trata de “mejorarlas”, está escribiendo un “grafiti” en el edificio de la perfección divina.

El Rebe de Kotzk, Rabí Yehoshua Bertram

“Según la palabra de Hashem viajaban los Hijos de Israel” (9:18)

Cuando pensamos en la primera vez que el hombre puso pie en la luna, probablemente la primera imagen que nos viene a la cabeza es la de Edward Aldrin con los brazos levemente elevados de los costados del cuerpo a causa del bulto de su traje de astronauta. Distorsionada por la curvatura del visor de su casco, se percibe la imagen reflejada del fotógrafo, Neil Armstrong. Frente a él hay unas cuantas huellas que representan ese “salto gigante”. Detrás de él, la oscuridad del espacio.

Cada vez que queremos dejar un recordatorio de un evento que marca un hito en nuestra vida, sacamos fotos para inmortalizar la experiencia. Tanto sea una boda como un viaje por el Orinoco, dejamos recuerdos de esas experiencias. Y al dejar recuerdos, estamos fijando dichos eventos en el mapa de nuestra vida, donde quedan estampados como postes de señalización, que nos dicen dónde estuvimos, y muchas veces nos ayudan a aclarar la dirección hacia dónde debemos dirigirnos.

Al irse del Sinaí tras la entrega de la Torá, el pueblo lo hizo de un modo imperfecto. La Torá dice: “y viajaron del Monte Sinaí el camino de tres días”. Rashi explica que “el camino de tres días lo transitaron en un solo día”. Y el Ramban dice que “viajaron desde el Monte Sinaí con alegría, igual que un niño que sale corriendo de la escuela”.

Pero si nos ponemos a pensar en el asunto, resulta difícil comprender que era imperfecto en su comportamiento. Después de todo, la persona debe correr para hacer una mitzvá, y ellos “iban corriendo” a Eretz Israel, donde se realizaban muchas mitzvot en forma exclusiva.

¿Acaso no cumplían meramente con el mandato de realizar las mitzvot con diligencia?

Por otra parte, en la parashá de esta semana la propia Torá nos enseña que “según la palabra de Hashem viajaban, y según la palabra de Hashem acampaban”. Entonces ¿cuál fue su falta, si era Hashem el que determinaba cada uno de sus movimientos?

La falta no estaba en sus actos, sino en sus sentimientos.

Cuando ocurre algo especial en la vida, sentimos la necesidad de dejar un recuerdo que inmortalice dicho momento. Los Hijos de Israel, a pesar de querer llegar lo más rápido posible a Eretz Israel, de todas maneras deberían haberse ido del Monte Sinaí, que fue el sitio de la entrega de la Torá, con emociones encontradas, con un poquito de melancolía, por el hecho de estarse alejando del sitial en que fueron creados como pueblo judío, que era todo el propósito de la Creación.

Deberían haber querido “sacar una foto”, un recuerdo emocional, de éste, el más grande “salto gigante” de la humanidad.

Pirkei Avot 4:2; Rabí Meir Jadash, Rabí Menajem Tzvi Goldbaum en “Moser Derej”

“Y el hombre Moshe era más humilde que cualquier persona en la faz de la tierra” (12:3)

¿Cómo se pone un litro en un recipiente de medio litro?

Si las paredes del recipiente son muy gruesas, lo que se puede poner adentro será menor que si las paredes fueran delgadas. Cuanto más delgadas son las paredes del recipiente, menos espacio ocupan, y por lo tanto, mayor es la capacidad del recipiente.

Moshe Rabeinu era más humilde que cualquier otra persona que haya vivido. El se consideraba menos que todos los demás. ¡Lo cual no significa que Moshe creyera que era un simplón!. Moshe sabía quién era. Era un rey. Pero se daba cuenta de que, en comparación con Hashem, no era nada. Comprendía este punto con mayor claridad que cualquier otra persona que haya pisado este planeta.

Moshe era, a sus propios ojos, como la piel del ajo, que prácticamente carece de substancia, el mínimo indispensable para existir en este mundo. El, más que nada, “contenía espacio”.

Es por ese motivo que pudo recibir y contener la Torá en toda su perfección.

No es que Moshe fuera simplemente “el mejor para el trabajo”. No es que fuera relativamente humilde, más humilde que los que lo rodeaban. No: Moshe alcanzó un nivel absoluto y cuantificable de humildad, en cuyo punto fue capaz de contener toda la Torá en toda su complejidad y extensión.

Por eso, inclusive hoy, si alguien llegara al nivel de humildad de Moshe, esa persona también podría recibir la Torá en toda su perfección y extensión, igual que Moshe.

Rúaj ha Jaim

“Cuando encendáis las luces” (8:2)

¿Cuál es la conexión que existe entre la parashá de la semana pasada, que se refiere a los regalos que se trajeron para la inauguración del Mishkán, y el comienzo de la parashá de esta semana, que describe la mitzvá de la Menorá?

Al final de la parashá de la semana pasada, cuando Aarón vio que los príncipes de todas las otras tribus traían sus ofrendas para la inauguración del Mishkán, se puso triste. Pensó que lo habían dejado afuera. Pero Hashem lo consoló y le dijo que su parte sería más grande que las de los demás príncipes, puesto que él prepararía y encendería las luces de la Menorá.

¿Por qué el encendido de la Menorá era más importante que la presentación de ofrendas? El Midrash responde que las ofrendas solamente pueden traerse cuando hay Beit ha Mikdash, mientras que la mitzvá de la Menorá es eterna.

Pero entonces nos preguntamos: ahora que no hay Beit ha Mikdash, ¿acaso no ha cesado también el encendido de la Menorá?

En realidad, la Menorá perdura inclusive después de la destrucción del Beit ha Mikdash, a través de los descendientes de Aarón, los macabeos, que eran de linaje sacerdotal.

La milagrosa victoria de los macabeos ante los griegos, en los días de Januka, ha de ser conmemorada eternamente con el encendido de las luces. Ese fue el consuelo que Hashem le dio a Aarón: que la Menorá viviría eternamente en cada hogar judío con las luces de Januka.

Ramban

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