Parasha Emor (Comentarios)

“Pasuk” (Shemot – Exodo – 10:23)

“Ordena a los hijos de Israel… que enciendan una lámpara eterna” (24:2)

Entre a cualquier sinagoga, cuando está a oscuras, y verá una pequeña lámpara que brilla por encima del arca sagrada. Se llama Ner Tamid, la llama eterna. Esa lámpara es un recordatorio de la Ner Maaraví, la lámpara occidental de la Menorá, que los kohanim encendían en el Beit ha Mikdash. La ner maaraví ardía en forma milagrosa. Nunca se apagaba. A la noche, cuando el kohen iba a prender las llamas, veía que la ner maaraví seguía prendida desde la noche anterior. El kohen quitaba el aceite y la mecha aún encendida, limpiaba el receptáculo, y luego volvía a colocar la mecha encendida y el aceite. Luego encendía todas las demás lámparas con la lámpara occidental.

Pero con la llegada de los romanos, y la destrucción del Beit haMikdash, parecía que la pequeña llama solitaria se había extinguido para siempre. En Roma, se encuentra el arco del triunfo que construyó Tito. Uno de sus bajorrelieves muestra a la Menorá, transportada por las calles de Roma como parte del botín sustraído del Beit haMikdash. Todas sus lámparas se encuentran apagadas. Tiene el aspecto de una reliquia de arte, pronta a marchitarse bajo el polvo de los siglos en alguna bóveda del Vaticano.

Pero… ¿de veras Tito extinguió para siempre esa llama eterna?

En su comentario del Jumash, el Malbim explica que el Beit haMikdash es un macrocosmos del cuerpo humano:

Si nos fijamos en un plano del Heijal (Santuario) del Beit haMikdash, veremos que la distribución de las distintas vasijas -el altar, la mesa, la Menorá- corresponde a la distribución de los órganos vitales del cuerpo humano. En otras palabras, cada una de las vasijas del Templo representa un órgano humano. La Menorá es la vasija que corresponde al corazón.

La Menorá es el Corazón Judío. ¿A qué se debe que en la actualidad tantos jóvenes elijan retornar a las creencias y las prácticas que sus padres habían olvidado, y que sus abuelos habían abandonado la esperanza de volver a ver? Es como si una fuerza mística se transmitiera en los genes espirituales de cada judío. Una luz que arde en la Menorá del corazón judío a través de los milenios. Una luz que jamás podrá extinguirse, una luz que brilla en forma milagrosa, inclusive sin necesidad del aceite o las mechas del cumplimiento de las mitzvot.

Por eso, en un sentido místico, la luz que Tito intentó apagar, continúa ardiendo en la Menorá del corazón judío. Pero inclusive en el mundo físico, la luz de la Menorá sigue ardiendo…

Para Tito sería una gran desilusión, pero la Menorá que junta polvo en algún rincón del Vaticano no es la Menorá original. Es una copia. La Menorá original fue oculta (junto con las otras vasijas) en las cuevas y los túneles que hay bajo el Monte del Templo, para que no fuera tomada por botín.

Ahora bien: si, cuando el Templo estaba en pie, la Lámpara Occidental ardía en forma milagrosa, sin necesidad de asistencia humana, ¿por qué no habría de seguir ardiendo incluso después de ser enterrada?

En efecto, la Lámpara Occidental continúa ardiendo en forma milagrosa bajo el Monte del Templo, a través de la larga noche del exilio. Y hasta el día de hoy sigue ardiendo. Y seguirá ardiendo hasta que llegue el Mashíaj. En ese momento, la luz de la Menorá del corazón judío se unirá a la luz de la Menorá del sagrado Beit haMikdash.

Basado en el Sfat Emet

“No desecraréis Mi Santo Nombre; sino que deberé ser santificado entre los Hijos de Israel. Yo soy Hashem Quien os santifica” (22:32)

Dos judíos iban en tren al trabajo. Uno era religioso, y el otro, por decirlo de alguna manera, menos. “Mira!” exclamó el menos religioso de los dos, pasándole el periódico a su compañero de viaje. En la primera plana del periódico había una foto de un judío con aspecto de “muy religioso”, de larga barba negra. Debajo de la foto, el titular anunciaba: ARRESTADO POR EVASION DE IMPUESTOS. “Ja! Mucha barba… mucha barba…”, se burló el judío secular. El otro le respondió: “El problema es que, debajo de la barba, no se había afeitado…”.

Cuando el judío se pone kipá, se transforma en embajador de Hashem. Cada uno de sus actos es sometido al riguroso escrutinio de todos los que lo observan. Y si comete una estafa financiera, no lo van a llamar “estafador”, sino “judío estafador”. Pero si es honrado, es Hashem el que se queda con el crédito.

El Midrash cuenta de un árabe que le vendió un burro a Rabí Shimon ben Shetaj. Poco después de la compra, Rabí Shimon descubrió una piedra preciosa oculta bajo la montura del burro. “Yo pagué por el burro, no por la gema”, dijo, y enseguida fue a devolvérsela al árabe, quien exclamó: “Bendito es Hashem, el D­os de Shimon ben Shetaj”.

De boca de Rabí Nota Schiller

“Y contaréis para vosotros desde el día después de Shabat (el día después de Pesaj) desde el día en que traéis la ofrenda del Omer que es balanceada, siete Shabatot, completos y perfectos deben ser” (23:15)

“¿Cuándo son perfectos? Cuando cumplen con la voluntad del Omnipresente” (Midrash).

En este mundo no hay nada que dure por siempre. Todo tiene su tiempo, y luego pasa. Incluso el cielo y la tierra se transformarán en la nada. No obstante, todo lo que llega al mundo tiene un cierto período de existencia, por más largo o corto que sea. Sin embargo, hay algo en el mundo para lo cual ese concepto de “lapso de existencia” no existe.Ese algo, ni bien aparece, ya cambió, pasó, y dejó de existir. Ese algo es el Tiempo mismo. Cada segundo, al surgir a la Creación, en un abrir y cerrar de ojos, ya dejó de existir. El tiempo pasado ya no existe, y cada segundo se transforma inmediatamente, y enseguida, en pasado.

Sin embargo, el hombre, a través de sus actos, puede brindarle al propio Tiempo una substancia que lo hace eterno. El acto le da substancia y su propio carácter al tiempo en el que se lleva a cabo. Por eso, si el tiempo se utiliza para realizar una mitzvá, o para hacer un acto de bondad, o para estudiar Torá, como todos estos actos son en sí mismos eternos, eternalizan al tiempo del Hombre. Eso es lo quiere decir el Midrash cuando dice “¿Cuándo son perfectas (las semanas)? Cuando cumplen con la voluntad del Omnipresente”. La cuenta del Omer es un paradigma de los años de vida del Hombre: los siete Shabatot aluden a “Los días de nuestros años tienen 70 años” (Tehilim). La mitzvá de contar el Omer exige que “sean completos y perfectos”. Cuando esas horas realizan la voluntad de Hashem, el Tiempo mismo posee eternidad y substancia.

Rabí Shlomo Yosef Zevin

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