Parasha Kedoshim (Comentarios)

“Ama a tu prójimo como a ti mismo, Yo soy Hashem” (19:18)

Había una vez dos amigos.

Rara vez se ha visto una amistad semejante.

Literalmente hablando, no había nada que uno no hiciera por el otro, tan grande era su mutuo afecto.

Un día, uno de ellos fue acusado falsamente de cometer un pecado capital. Fue arrestado y encarcelado en el calabozo del rey. Tras un breve juicio, fue sentenciado a muerte.

Su amigo no escatimó esfuerzos, ni de día ni de noche, para que lo liberaran e indultaran. Pidió audiencias con personalidades de poder e influencia. En vano.

Se fijó la fecha de la ejecución.

Una mañana gris, ese hombre inocente fue caminando tristemente a la horca. Una multitud de rostros; algunos truculentos de deleite, otros llorando, se amontonaron en su ruta a la muerte. Y allí estaba también su amigo, con una mirada de indescriptible tristeza en el rostro.

El condenado ya estaba parado en el cadalso. El verdugo, con una capucha negra, colocó el lazo alrededor del cuello y, como un macabro sastre, lo ajustó a medida.

Varios centímetros al costado del condenado había una trampa . El verdugo probó a ver si la trampa se abriría eficientemente bajo los pies de ese pobre judío. El acusado contempló el abismo hacia donde se había abierto la trampa. Su entrada al otro mundo.

De pronto, hubo una interrupción desde la multitud. Un hombre grita: “¡¡Detengan la ejecución!! ¡¡Detengan la ejecución!!” Era su amigo. Incapaz de soportar la escena, fue corriendo hacia la horca gritando “¡¡Detengan la ejecución!! ¡¡Detengan la ejecución!!” Están por colgar al hombre equivocado. Yo soy el verdadero culpable. ¡Cuélguenme a mí, no a él!!” La multitud murmuró, sobresaltada. Era más de lo que podían imaginar.

Cuando el acusado vio que su amigo estaba tratando de salvarlo sacrificándose él mismo, empezó a gritar: “¡¡No le hagan caso!! ¡No le hagan caso!! ¡¡Yo soy el culpable, no él, cuélguenme a mí!!”

A lo que él otro respondió: “¡¡No es verdad!! ¡Yo fui el que lo hizo!! ¡Cuélguenme a mí!”

Los dos le gritaron al verdugo, que estaba en medio de los dos. Con el grito de cada uno, la cabeza del verdugo giraba de acá para allá, y cuando los gritos escalaron en velocidad y volumen, parecía que si el verdugo llegaba a girar la cabeza más rápido, ¡él sería el primero en perderla!

Sea como fuere, quedó en claro que ese día no habría ejecución. La multitud, decepcionada, se dispersó lentamente.

El asunto llegó a oídos del rey, quien ordenó que los dos hombres se presentaran ante él.

“Muy bien, ¿qué es lo que en verdad ocurre?, preguntó el rey. ¿Por qué los dos quisieron que los colgaran? Si me dicen la verdad, los indultaré a ambos”.

“La verdad es que ninguno de nosotros es culpable del delito, su majestad. Somos amigos. Yo no soporté ver cómo mi amigo iba derecho hacia la muerte. Y decidí que daría mi vida para que él pudiera vivir”. “Lo mismo ocurre conmigo”, dijo el otro.

El rey contempló a ambos. Obviamente, estaba muy conmovido por lo que había oído. Entonces dijo lo siguiente: “Mantendré mi palabra y los indultaré a ambos. Pero con una condición: que también sean amigos míos”.

La Torá nos enseña: “Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy Hashem”.

Cuando una persona ama a su amigo tanto como a sí misma, entonces “Yo soy Hashem” : el Propio Hashem Se hace amigo de ambos.

Un amigo en apuros. Maianá shel Torá

“Seréis santos…” (19:2)

En los Diez Mandamientos, la mitzvá del Shabat va seguida de “Honrar a los padres”.

Sin embargo, en esta parashá, el orden se invierte: primero viene la mitzvá de temer a los padres, y recién después la mitzvá del Shabat.

En el campo de la acción, el área más exigente de santidad es la mitzvá de honrar y temer a los padres.

Por el otro lado, el Shabat es la realización esencial de la santidad de la mente.

En el camino a la santidad, que es el tema de la parashá de esta semana, las acciones deben venir antes que los pensamientos. Pues el individuo primero debe santificar sus actos, y recién después puede elevarse al nivel de santidad del pensamiento.

Por eso, la mitzvá de temer a los padres, que es santidad en la acción, aquí antecede a la mitzvá del Shabat, que es la santidad en el pensamiento.

Shem Mi Shmuel

“Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy Hashem” (19:18)

Rabí Akiva afirma que éste es el principio fundamental de toda la Torá. Pero, a decir verdad, ¿cómo es posible amar a otra persona como se ama a uno mismo?

La perspectiva que la persona tiene del mundo suele ser egocéntrica, y hasta cuando se comporta de un modo altruista, sus actos suelen emanar del deseo de sentirse bien consigo mismo.

Eso no es amar al prójimo como a uno mismo. ¡Eso es amarse a uno mismo!

Entonces, ¿cómo se puede amar a otro igual que a uno mismo?

La respuesta está al final del versículo: “Yo soy Hashem”.

Cuando una persona se coloca en el centro del universo en vez de colocar a Hashem, entonces, necesariamente, todas las otras creaciones están a años luz de él. Como él se siente el centro de todo, necesariamente siente que está alejado de su prójimo. Puede haber un solo centro. Y el centro lo acaparó para sí mismo.

Pero cuando admite que él no es D-os, sino que “Yo soy Hashem”, Hashem es D-os, entonces, como creación de Hashem, se ve a sí mismo unido a su prójimo. Porque tanto él como su prójimo son puntos equidistantes del Centro de todas las cosas.

En un sentido, ya no hay diferencia entre “yo” y “tú”, pues todos somos expresiones de la voluntad del Creador, y tanto como me amo a mí mismo, soy capaz de amar a mi prójimo.

Rabí Mordejai Perlman.
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