Parasha Yitro (Comentarios)

“Estas son las palabras que les diréis a los Hijos de Israel” (19:6)

Rashi: “Estas palabras, ni más ni menos”.

Vivimos en un mundo en el que la inflación es porción cotidiana de la vida.

Pero hay una cosa que es a prueba de inflación. Una cosa que hoy cuesta exactamente igual que costaba hace tres mil años.

Ser judío.

Hoy en día, uno se puede unir al pueblo judío pagando exactamente el mismo precio que hubiese pagado hace tres mil años: aceptando la Torá y cumpliendo con las mitzvot.

Cualquiera puede hacerse judío, si así lo desea.

Los enemigos del pueblo judío acusan a la Torá de ser racista, de separar al pueblo judío, transformándolo en un pueblo atesorado y una nación sagrada. Pero ¿cómo se puede afirmar que el judaísmo es racista, cuando cualquiera puede enrolarse en él?

Es verdad que el pueblo judío es un pueblo privilegiado: los judíos ocupan un sitio especial en el propósito de la creación, que es ser “un reino de sacerdotes y una nación sagrada”. Sin embargo, los privilegios acarrean también responsabilidades.

Rashi nos explica que el mandato antedicho, de decirles “estas palabras” a los Hijos de Israel, contiene una orden implícita, de no agregar ni quitar nada de las palabras de Hashem.

Sin embargo, los sabios nos dicen que Hashem le dio órdenes a Moshé de transmitir la Torá de maneras diferentes a los distintos sectores del Pueblo Judío: por ejemplo, al hablarle a ciertas personas, Moshé empleaba términos suaves. Pero al hablarle a otro tipo de personas, hacía uso de un lenguaje muy duro y expresiones fuertes.

Entonces ¿cómo es posible que, por un lado, Moshé no modificara ni una sola palabra, y por el otro, alterara sus palabras, según los distintos oyentes?

Cuando el Pueblo Judío oyó “Y seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación sagrada”, algunos oyeron estas palabras como palabras suaves, palabras que hacían alusión a la dulce recompensa de tan exaltada misión. Y hubo otros que oyeron esas mismas palabras, pero las oyeron como palabras que hablan de un destino duro y difícil. Porque ser una nación sagrada y un pueblo atesorado es una responsabilidad de inconmensurables proporciones.

El privilegio no sale gratis…

Sfat Emet

“Y D-os habló todas estas palabras, diciendo…” (20:1)

¿Por qué los Diez Mandamientos fueron dados en dos tablas de piedra? ¿Por qué no bastaba con una sola?

Existe una diferencia entre las cinco mitzvot de la primera tabla y las cinco de la segunda tabla: en la primera tabla se incluye la recompensa por cumplirlas y el castigo por no cumplirlas, mientras que en la segunda tabla, no se hace mención alguna de recompensa o castigo.

Las primeras cinco son mitzvot en que el individuo honra al Creador: creer en Hashem, no hacer ídolos, no usar el Nombre de Hashem en vano, observar el Shabat. Y estos cinco primeros mandamientos van acompañados por descripciones de recompensa y castigo.

El segundo grupo de mandamientos son para el beneficio de las personas. Las prohibiciones contra el asesinato, el secuestro, el adulterio, y el falso testimonio, son elementos fundamentales para que la sociedad pueda vivir en paz. Su mero cumplimiento es su propia recompensa. Cuando no se cumple con ellos, en esa sociedad reina “la ley de la selva”, lo cual es en sí mismo castigo suficiente.

Ramban

“Seis días trabajarás y realizarás todo tu trabajo; pero el séptimo día es Shabat para Hashem, tu D-os…” (20:9,10)

Un campesino pobre andaba por el camino. Le restaban aún varios kilómetros hasta la próxima parada. El pobre hombre iba arrastrándose bajo el peso de su enorme bolso, cuando de pronto se detuvo junto a él una carreta tirada a caballo. El conductor del carro le gritó: “¡Rápido, suba al carro!”. El campesino, a duras penas, logró subir al vehículo y entonces, el conductor sacudió las riendas y los caballos, obedientes, reiniciaron el trote.

Después de varios kilómetros, el campesino le dijo al conductor: “No sé cómo agradecerle. ¡Fue muy amable de su parte!” “No fue nada”, respondió el conductor, y se volvió hacia el campesino, sonriente. Fue entonces que advirtió que el campesino iba sentado con la cabeza gacha por el peso del bolso, que aún llevaba sobre la espalda. El conductor exclamó: “¡Cómo! ¡No se quitó el bolso de la espalda!” Y el campesino respondió, inocentemente, “¡Ud. fue tan bueno al llevarme, que no quise cargarlo con el peso extra de mi bolso!”

Si Hashem puede “cargarnos” toda la semana, asegurando que tengamos comida para comer, y ropa para vestir, y automóviles para conducir, y hasta aire, para respirar, ¡seguro que va a poder cargar con la “carga extra” de sustentarnos en Shabat, aunque no vayamos a trabajar!

El Maguid de Dubno

“Recuerda el día de Shabat para santificarlo… porque en seis días Hashem hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y descansó al séptimo día…” (20:8-11)

Había una vez un príncipe que fue capturado por los enemigos de su padre. Después de mucho tiempo, el rey logró transmitirle al príncipe un mensaje secreto, dándole aliento para que no se desesperara, y que conservara sus modales reales inclusive en medio de los lobos entre los que se había visto forzado a vivir. Muy pronto, rezaba el mensaje, el rey obtendría la liberación de su hijo, “por las buenas o por las malas”.

El príncipe no cabía en sí de su alegría, y quiso celebrar, pero, obviamente, no podía revelar el secreto de su enorme dicha. Por eso, invitó a sus compañeros a la posada del lugar y ordenó bebidas para todos.

Ellos celebraron a causa del vino y del licor, y él celebró a causa de la carta de su padre.

Lo mismo ocurre en Shabat, cuando el cuerpo celebra con platos deliciosos y todo tipo de manjares, y el alma celebra la oportunidad de acercarse a su Creador.

Toldot Yaakov Yosef

“Recuerda el día de Shabat para santificarlo” (20:8)

¡Qué día terrible, Shabat! ¡No se puede conducir! ¡No se puede escribir! ¡No se puede ni siquiera prender la luz! ¡Qué día espantoso! (¿Te suena familiar?)

¿Alguna vez jugaste al basket?

¡Qué juego terrible, el basket! Uno no se puede parar en el mismo lugar más de treinta segundos. No se puede correr con la pelota en la mano. No se puede hacer esto. No se puede hacer lo otro. ¡Qué juego terrible!

Pero son precisamente las reglas del basket las que hacen que el basket sea el basket. Si no hubiese reglas, alguien agarraría la pelota, la sostendría bien fuerte, hasta que todo el mundo terminara aburriéndose y se fuera a tomar algo. Entonces agarraría una escalera, se subiría a ella y pondría la pelota adentro de la red. ¡Qué bueno! ¡Pero no sería basket!

Así como las reglas del basket definen el basket, las reglas del Shabat definen el Shabat.

Rabí Yehoshua Hartman

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