Parasha Vaera (Comentarios)

“Los nigromantes hicieron lo mismo por medio de sus encantamientos; entonces se fortaleció el corazón del Faraón y no les hizo caso…” (7:22)

¿Qué harías si viniera alguien y convirtiera los ríos en sangre? Tratarías de hacer que el río volviese a su estado normal. ¿Y qué harías si alguien hiciera que del río salieran millones de ranas? Tratarías de librarte de ellas.

Pero el Faraón no intentó librarse de las plagas, sino que hizo que sus magos las duplicaran. Eso podrá haber sido muy impresionante, y seguramente debió haberse sentido muy importante, pero con eso lo único que hacía era atacarse a sí mismo.

¿No habría sido mejor que los magos eliminaran la sangre y las ranas? Habría sido igual de impresionante, y muchísimo más efectivo.

Pero así es como funciona la maldad. No importa si pierdo… siempre y cuando el otro no gane.

Rabí Shlesinger, según oímos de boca de
Rabí Moshé Zauderer

“Esta vez he pecado; Hashem es el Justo, y yo y mi pueblo somos los malvados” (9:27)

Al Faraón le llevó siete plagas admitir que había pecado. Recién después de la plaga del granizo, dijo: “Esta vez he pecado”. ¿Por qué no había reconocido su culpa hasta ese momento?

La cosmología del Faraón consistía de deidades que luchaban entre sí. Supuestamente, cada dios gobernaba un aspecto distinto de la naturaleza. Había un dios del sol, un dios de la luna, un dios del Nilo. El mundo del Faraón era un mundo en que los elementos se hallaban constantemente en guerra. El dios del Nilo debía ser apaciguado para que el río pudiese hincharse y desbordarse, pues de eso dependía la fertilidad de sus orillas. El dios del sol debía ser apremiado para que no quemara los cultivos. Pero no había ningún dios que combinara juntos todos los elementos, pues cada uno era un poder por separado.

Sin embargo, en el caso de esta plaga, el granizo que cayó en Egipto no era un granizo común y corriente. Adentro de cada piedrita había un diminuto horno de fuego. Se habían unido el fuego y el agua. La unión de los opuestos.

Al ver esta plaga, el Faraón se dio cuenta de que había un D-os en el cual se unían todas las dispares facetas de la existencia. Por eso admitió: “Esta vez he pecado”.

Cuando al decir ‘kadish’ pronunciamos la frase “El, Quien hace la paz en sus exaltados reinos…”, nos estamos refiriendo a los mundos superiores en los cuales hay un ángel del fuego y un ángel del hielo. Hashem logra hacer la paz entre ambos. Por eso decimos “El hará la paz para nosotros y para todo Israel”.

Sfat Emet

“Moshe habló ante Hashem, diciendo: ‘He aquí que los Hijos de Israel no me han escuchado; entonces ¿cómo me habría de escuchar el Faraón? Y tengo los labios sellados…” (6:12)

El poder del líder espiritual proviene del pueblo.

En cada generación, Hashem promete que habrá líderes espirituales, los grandes sabios de la Torá, a quienes se les conferirá la capacidad de aconsejar y dirigir a la nación.

Sin embargo, cuando el pueblo judío se niega a escuchar a esos gigantes espirituales, y en cambio, van tras los políticos, que no poseen un coeficiente intelectual superior al del resto de la gente, entonces los líderes espirituales no tienen poder de influir ni de ayudar al pueblo.

Por eso, si los Hijos de Israel hubieran escuchado a Moshé, se le habrían abierto los labios y sus palabras habrían afectado hasta al Faraón, pero como los Hijos de Israel no escucharon, Moshe tenía “los labios sellados”.

Oído de Rabí Zev Leff

“… Y la vara de Aarón se tragó las varas de ellos” (7:12)

“No se deje engañar por falsas imitaciones”

Cuando la vara de Aarón se tragó las varas de los brujos egipcios enfrente del rey, a nadie le quedaron dudas de cuál era el original y cuál era la copia. La historia judía se vio plagada de otros movimientos que afirmaban ser “el verdadero judaísmo”. Sin lugar a dudas, el que tuvo más éxito fue el cristianismo, pero hubo muchos otros que también trataron de llevar la bandera del “judaísmo auténtico”. Hay algunos que rompen con el judaísmo normativo y se cambian el nombre, y hay otros que usurpan la autoridad de los sabios de la Torá, y a sus creencias también las llaman “judaísmo”.

Durante el Imperio Otomano, los karaítas trataron de obtener el reconocimiento de la gente de que ellos eran el “judaísmo auténtico”. Se acercaron al sultán, para que los reconocieran como el legítimo “Pueblo de Israel”, y al mismo tiempo desenmascararan al pueblo judío de la Torá, acusándolo de ser un “fraude”. El sultán convocó a un rabino y a un representante de los karaítas, a que comparecieran delante de él en el palacio real. El sultán decidiría cuál de los dos era el auténtico “pueblo del libro”, tras prestar oídos a ambas demandas.

Por supuesto, tal como dicta la costumbre de los países orientales, tanto el karaíta como el rabino debían quitarse los zapatos antes de presentarse ante el sultán. El karaíta se quitó los zapatos y los dejó a la entrada del salón del rey. El rabino también se quitó los zapatos, pero él los levantó y los llevó a su audiencia con el sultán.

El sultán se sorprendió muchísimo ante la extraña imagen del rabino sosteniendo el par de zapatos, y exigió una explicación.

El rabino le dijo: “Su Majestad, tal como sabrá, cuando el Santo Bendito Sea, apareció ante nuestro maestro Moisés, la paz sea sobre él, junto al arbusto ardiente, D-os le dijo a Moisés: “Quítate los zapatos de los pies”.

Y prosiguió: “Tenemos la tradición de que mientras Moisés estaba hablando con D-os, vino un karaíta y le robó los zapatos.

“Por eso, ahora, cada vez que estamos en compañía de un karaíta, no dejamos los zapatos en cualquier lado”

El karaíta se dirigió al rabino, exclamando: “¡Qué tontería! Todo el mundo sabe que en la época de Moshé, no había karaítas!”

El rabino dejó que penetraran las palabras del karaíta, y luego agregó, en tono bajo: “Su Majestad, no creo que haya falta decir más…”

No se deje engañar por falsas imitaciones…

Kojav mi Iaakov

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