Parasha Reeh (Comentarios)

“Pues surgirá entre vosotros un profeta…” (13:2)

En la parashá de esta semana hay una extraña advertencia acerca de una situación de la cual hoy somos testigos. Vivimos en una era en la que muchos judíos son presa de los misioneros de otras religiones.

La Torá nos advierte que hay tres formas de alejar al judío de su religión:

1) Puede ocurrir que el judío se ciegue ante una persona carismática, una celebridad, un personaje de fama o hasta un “gurú” de alguna secta oculta… A través de la fuerza de su personalidad, esa persona puede hacer que los judíos se alejen del judaísmo. La Torá nos advierte en ese sentido, diciendo: “No escuchéis las palabras de ese profeta” (13:4)

2) A veces, un hermano puede hacer que una persona se aleje de sus raíces judías: “El judaísmo no tiene nada que ofrecerte. Escucha: yo soy tu hermano; hazme caso. ¿Por qué no vienes a un retiro de fin de semana con el “Maestro”? Te prometo que vas a estar súper bien…” En contra de este tipo de ataques, la Torá nos dice: “Si tu hermano,…, o tu hijo o tu hija o (tu) mujer.. o tu amigo que es como tu propia alma te incitaren secretamente, diciendo: ‘Vamos a adorar los dioses de otros… desde un confín de la tierra hasta el otro confín de la tierra… no accedas y no lo escuches…” (13:7).

3) El tercer ataque es el que ejerce la presión externa: uno no quiere estar fuera de ritmo con la marcha de las masas. Las modas de las ideas son tan transitorias como las modas de la ropa. El devoto de las modas es presa de cualquier “ismo” nuevo que surja. Está a merced de la mente de la plebe. Con referencia a esta forma de “lavado de cerebro”, dice la Torá: “Hombres sin ley han surgido de vuestro medio, y han hecho que los habitantes de su ciudad se descarríen diciendo: ‘Vayamos a adorar a los dioses de otros…” (13:15)

Avnei Ezel en Maianá shel Torá.

“¡Ve! Hoy pongo delante de vosotros una bendición y una maldición” (11:26)

Cuando uno oye cómo el rabino exhorta a la gente a que viva una vida más espiritual y desdeñe las “ollas de carne”, uno se pone a pensar: “Y ¿qué sabe él de ollas de carne, como para decirme a mí que es mejor vivir una vida espiritual? Tal vez, si él tuviera un Rolls Royce, no rechazaría tan rápido el materialismo…”

Si hubo alguien que sabía lo que eran las “ollas de carne”, ése era Moshé. Moshé creció con una “cuchara de oro” egipcia en la boca. Moshé era uno de los hombres más ricos del mundo; príncipe de Egipto. El sabía lo que era el materialismo. El sabía lo que era el lujo. Pero, por otro lado, él no alentó al pueblo judío a que abrazara la espiritualidad debido a que odiara el materialismo. Moshé sabía mejor que nadie lo que tiene para ofrecer el mundo espiritual. Había estado en el cielo tres veces, 120 días en total, ¡4 meses entre los ángeles! Moshé conocía ambas caras de la moneda, como no las conoció ninguna otra persona, ni antes ni después que él.

En hebreo, las primeras frases de la parashá de esta semana se pueden leer: “Mira, yo coloco ante ti…” o “Mírame, yo coloco ante ti la bendición y la maldición”. En otras palabras, lo que decía Moshé era: “Cuando tomes decisiones trascendentales, cuando elijas tu camino, mírame: yo estuve en ambos lados, y yo te lo puedo asegurar: ¡elige el camino espiritual!”.

Kli Yakar

“¡Ve! Hoy pongo delante de vosotros una bendición y una maldición” (11:26)

Nuestros Sabios nos enseñan que uno siempre se debe imaginar que todo el mundo está en un estado de perfecto equilibrio: una mitad, mérito, y la otra mitad, culpa. Debe considerar que si él hace tan sólo una sola mitzvá, va a hacer inclinar la balanza de juicio del mundo del lado del crédito, pero que si hace una averá (transgresión), ha de inclinar la balanza del lado negativo… (Kidushin 40).

Por lo tanto, la Torá le dice a cada persona: “¡Ve!” Cada uno de los actos que haces “pongo delante de vosotros una bendición y una maldición”, para que tú tengas el poder de inclinar la balanza en la dirección que sea…

Torat Moshé

“¡Ve! Hoy pongo delante de ti una bendición y una maldición” (11:26)

La riqueza y la pobreza no siempre ejercen el mismo efecto en una persona.

Hay personas a las que la riqueza los influye para bien, y a través de la bendición de su riqueza alcanzan una apreciación más grande de Hashem. Sin embargo, de haber sido pobres, habrían estado tan ocupados buscando comida, que se habrían olvidado de su Creador. Eso fue lo que ocurrió en Egipto, en que los israelitas estaban tan exhaustos a causa de las duras labores, que no escucharon a Moshé.

Por el contrario, están aquéllos a los que la riqueza los aleja del sendero de la rectitud, tal como vemos tan a menudo en nuestra historia, cuando el pueblo judío se volvió próspero y se olvidó de Aquél Que les dio todo lo que tenían.

No obstante, cuando una persona es pobre, Hashem no ignora sus súplicas.

Eso es lo que afirma el versículo: “Ve: hoy pongo delante de vosotros una bendición y una maldición”. Y no pienses que la bendición es la riqueza y la maldición es la pobreza; sino que todo depende del modo en que el individuo se ocupa de su riqueza o de su pobreza. Y tanto si es pobre como si es rico, si dirige su atención a la Torá y las mitzvot, entonces, cualquiera que sea su status en la vida, habrá de recibir una bendición.

Rabí Shlomo Yosef Zevin en L´Tora U´Moadim

“Separaréis el diezmo de toda la cosecha de tu cultivo…” (14:22)

En el primero, segundo, cuarto y quinto año del ciclo de siete años de la shemitá, los judíos que residían en Eretz Israel debían separar un diezmo de sus cultivos, y llevarlo a Jerusalén para comerlo allí. Pero en el tercer y sexto año del ciclo, el diezmo les era entregado a los pobres.

Cabe la pregunta: ¿Por qué los terratenientes no debían primero compartir con los pobres y recién después disfrutar del fruto de sus esfuezos en Jerusalén?

El Rambam escribe que uno debe dar tzedaká con un rostro alegre y que el que da de mala manera está negando la mitzvá. No basta con hacer jesed (bondad), también se debe amar la jesed.

Prosigue el Rambam: Más que cualquier otra mitzvá positiva, la tzedaká constituye la esencia del judío. Al ordenarnos que llevemos un diezmo de nuestras cosechas a Jerusalén para celebrar allí, Hashem nos enseña dos lecciones vitales:

1) que nuestras posesiones materiales son un regalo de Hashem y que El puede dictaminar el modo en que habremos de usarlas.

2) que al usar la riqueza material del modo prescripto por Hashem, se generan sentimientos de alegría y de santidad.

Una vez que internalizamos estas lecciones en los primeros dos años del ciclo, podemos ofrecer esa abundancia a los pobres, en el tercer año. No mecánicamente, sino sintiendo amor verdadero por la jesed.

Rabí Zev Leff en Shiurei Biná

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